ALFONSO DE PORTAGO, -El Marques de Portago, El gran piloto Español- "Héroe de Leyenda".

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ALFONSO DE PORTAGO, -El Marques de Portago, El gran piloto Español- "Héroe de Leyenda".

Mensaje por Invitado el Jue Mar 15, 2012 11:49 am

Alfonso Antonio Vicente Blas Angel Francisco Borja Cabeza de Vaca y Leighton, Carvajal y Are, XVII Marqués de Portago, Marqués de Moratalla, XIII Conde de la Mejorada, Conde de Pernía y Duque de Alagón y Grande de España. Tan sólo, Fon.


Su infancia la pasó en gran parte en la ciudad de Biarritz, donde la familia tenía una casa, fue allí que conoció a Nano da Silva Ramos, también futuro piloto. En su adolescencia deambuló por diversos colegios de Europa, antes de viajar a Nueva York. Desde temprana edad demostró una polifacética inclinación deportiva tanto como nadador, aviador, o en el hockey, el tenis, la pelota vasca, el golf, la esgrima, el boxeo, el polo y la equitación, disciplina de la cual fue campeón amateur de Francia en dos ocasiones. Incluso hasta hoy se disputa en Pau el Gran Premio Alfonso de Portago de hípica en su honor. Sin embargo debió dejar las competencias de equitación por su estado físico.
Nació en Londres, el año de 1928. Su padre, el XVI marqués de Portago, fue también deportista, actor de cine y formó parte de las fuerzas de Franco en la guerra. Falleció cuando Alfonso tenía 12 años. Su madre Olga Leighton de nacionalidad norteamericana y su padrino nada menos que el rey Alfonso XIII.

Alfonso siempre tuvo un espirítu aventurero y predilección por los riesgos, como cuando fue desafíado a los 17 años por un amigo para ganar una apuesta, que consistía en pasar por debajo de un puente con una avioneta. Así encontró el sentido a su vida. Por sus orígenes y aficiones, siempre fue acusado de no tenerle miedo a nada y de desafiar a la muerte.


"Un montón de tonterías, a menudo estoy asustado. Puedo asustarme al cruzar la calle con tráfico intenso. Y sé que soy un cobarde moral. No puedo entrar en una tienda, mirar e irme sin comprar nada.

En cuanto a disfrutar del miedo, no creo que nadie disfrute del miedo, al menos según mi definición, que es una conciencia mental de peligro hacia tu cuerpo. Sí puedes disfrutar del coraje -la realización de un acto que te asusta- pero no del miedo".

Su estilo de vida temerario, su apariencia de play boy y su aura aristocrática; tenía un aspecto muy varonil, 1.80 de estatura, elegante, hablaba cuatro idiomas y gustaba de la literratura, le hacían tener un atractivo especialmente con las mujeres. Atribuyéndosele romances con las más bellas actrices de cine en aquellos años. Como con la modelo Dorian Leigh, con quien tuvo un hijo fuera de su matrimonio, o su relación con la actriz Linda Christian.

"Parecía más bien un personaje sacado del Renacimiento y no un piloto de carreras" (Emilio J. Lezcano)

Y había sido en París que conoció a Carroll McDaniel, una chica de Carolina del Sur con quien se casó en 1949. Tenían dos niños, Andrea, de 6 , y Antonio, de 3. Sólo dos horas después de conocerla, Alfonso le manisfestó la intención de casarse con ella. Había descubierto que las mujeres reaccionan a la osadía como a ninguna otra cosa y en cierto sentido, las mujeres eran lo más importante de su vida.

Por esos años también había conocido en un hotel a Edmund Nelson quien lo acercó primariamente a los coches. Luego conoce a Harry Schell y Luigi Chinetti en el París Auto Show de 1953, en ese encuentro Chinetti le ofrece la oportunidad de ser su copiloto en la carrera Panamericana.

"Todo lo que quería de mí, por supuesto, era usarme como lastre. No piloté ni un metro, ni siquiera del garaje a la línea de salida. Tan sólo me senté en el coche, blanco de miedo, agarrándome a algo que me pareció lo suficientemente fuerte.

Sabía que Chinetti era un muy buen corredor, especialista en carreras largas, conocido por ser conservador y cuidadoso. Pero la primera vez que te sientas en un coche de carreras, no puedes distinguir si el piloto es conservador o un salvaje, y no entendía cómo Chinetti podía arreglárselas ni con la mitad de las cosas que hacía."

Don Alfonso Cabeza de Vaca y Leighton decimoséptimo Marqués de Portago o mas conocido simplemente como "Alfonso de Portago".

El Marques fue uno de los grandes muchas veces olvidados. Fiel representante de la sangre latina, era capas de llevar su Ferrari mucho más allá de su límite.

Panamericana 1953

No pudieron concluír la carrera, al segundo día estaban fuera, pero fue suficiente para que Alfonso tomara una desición, dedicarse al automovilismo. Además, su amigo Nano da Silva ya pilotaba coches de carrera y fue un incentivo más para Fon. Entonces se compró un Ferrari 3 litros. Ganaba alrededor de 40.000 dólares al año como piloto, y tenía varias inversiones, pero era su madre la que controlaba la fortuna familiar.

"Fuí afortunado, desde luego, por poder comprarme mi propio coche. Pienso que me hubiese costado 5 ó 6 años más llegar al equipo Ferrari si hubiese tenido que buscar un sponsor y todo eso. Tuve suerte de tener el dinero suficiente para comprar mi propio coche, aunque no soy inmensamente rico."

Junto a Harry Schell se inscribieron para la carrera de Sports en Argentina, con aquel coche, pero sólo lo condujo por tres vueltas...

"Harry temía que yo me cargara el coche a menos que me enseñara a cambiar de marchas, así que cuando tras 70 vueltas él estaba ya cansado y era mi turno, tras 3 vueltas había perdido tanto tiempo que pasamos de ir segundos a quintos. Veía a Harry en medio de la pista agitando una bandera frenéticamente para que me parara y él siguiera conduciendo. Así acabamos segundos en la general y primeros de nuestra clase. No aprendí a cambiar marchas adecuadamente hasta que el jefe de mecánicos de Maserati me llevó con él y pasó una tarde enseñándome."

Después de la experiencia en Sebring donde el eje trasero se rompió tras dos horas de competencia. Portago se dió cuenta que el coche era muy potente para un piloto aún inexperto como él, entonces lo vendió y adquirió un Maserati A6GCS de segunda mano. Participó con él en las 24 horas de Le Mans en 1954, alternando la conducción con Tomasi. Aún cuando abandonarón lideraron su clase hasta las 5 am, cuando el motor estalló. Semanas más tarde obtuvo su primer triunfo en el GP de Metz, aunque en rigor su primera victoria había acontecido en una carrera de monomil en París durante 1953, pero era un evento menor.

Junto a Louis Chiron corrió las 12 horas de Reims, ganaban su clase cuando a falta de 20 minutos para el final el motor dijo basta. Se deshizo del Maserati y lo reemplazó por un Osca MT4, también de dos litros. Debutó con este auto en el Tour de France, acompañado por Nelson como copiloto, pero sumaron un nuevo abandono. Hasta la cita en Nürburgring dónde mostró un espectacular manejo con el Osca, tanto que terminó fuera de pista ganándose el apodo de "el piloto loco" y la estima de los demás competidores. Como piloto fue un auténtico gentleman driver. "Dios protege a los buenos, así que no me hice daño".

Aquel año volvería al lugar donde se inició, la carrera Panamericana de México, y para ello compró un Ferrari 750 Monza, el cuál pinto de color negro, en tanto el Osca se lo vendió a Roberto Mieres. Ninguno logró completar la prueba, ni él, ni Mieres. Posteriormente asistió a la Nassau Speed Week de las Bahamas, una competencia de invierno donde no solian asisitir coches de equipos oficiales. Allí logró una victoria y un segundo puesto que le hicieron pensar en obtener un lugar en el equipo oficial de la Scuderia Ferrari. Pero Enzo Ferrari no lo tuvo en consideración siquiera, sí en cambio, le ofreció un Fórmula 1 del año anterior, pero en plan de negocio y respondió con ironía la carta de Alfonso con una foto de su accidente en Nürburgring.

Este es un texto de Rober Daley publicado en el libro "Grand Prix en las carreras" de Michael Frewin en el año 1965.[/justify]

1957 Italia - Mille Miglia

En Guidizzollo, en el valle del Po, la campiña se hace llana como la palma de la mano y la cinta estrecha de la carretera atraviesa como una lanza el poblado de piedras grises. Durante todo el día los lugareños han permanecido fuera de sus casas, atentos al paso de los bólidos, estremecidos por el rugido de las Mil Millas.
Las Mil Millas: una carrera de mil seiscientos kilómetros por las carreteras italianas. Los coches han salido al alba de Brescia, en el norte, para lanzarse hacia el sur a lo largo de la costa del Adriático, cruzar Roma y remontar la espina dorsal de los Apeninos hasta Brescia otra vez.
Es el atardecer y tan sólo faltan unos cuantos coches por pasar. Guidizzolo se halla únicamente a unos cincuenta kilómetros de la meta.
Un muchacho es el primero en reparar un punto en el horizonte que se agranda por momentos.
«¡Un Ferrari!», grita el muchacho.
Las gentes de la aldea se agolpan a ambos lados de la carretera. El Ferrari ruge aproximándose a una velocidad de más de 240 por hora. De repente, sin nada que parezca justificarlo, el coche empieza a zigzaguear. Con la cola golpea el bordillo izquierdo de la calzada, y arranca un mojón, guillotina un poste telegráfico, describe una vuelta en el aire y corta los hilos telegráficos por encima de las cabezas de todos. Convertido en un proyectil mortífero que escapa a todo control, carga contra la multitud congregada a la derecha de la carretera; por último, atraviesa otra vez la calzada para segar más vidas a su izquierda.
Sólo han transcurrido unos instantes, pero once personas yacen muertas o moribundas, y el aire se desgarra con gritos de horror y de sufrimiento. El coche machacado ha quedado varado en una fosa de drenaje y allí yace, medio enterrado, a un lado de la carretera. En sus proximidades, los hombres descubrirán el cuerpo de Alfonso de Portago, aristócrata español de 28 años, que pilotaba el vehículo, y de su amigo y copiloto, Gurner Nelson.
Tan sólo quedaba por notar amargamente desde las páginas de los rotativos que las Mil Millas habían asesinado por última vez, ya que la indignación del país no podría permitir que escenas semejantes se repitieran en el futuro.
Los días de las carreras en ruta habían tocado a su fin.

Mirando atrás es obvio concluir que don Alfonso Cabeza de Vaca y Leighton decimoséptimo Marqués de Portago, era un loco, que corría desesperadamente hacia una muerte violenta con una mueca en el rostro y un cigarrillo en la comisura de los labios. Pero mientras vivió, una tan sólo se sentía inclinado a admirar su fe orgullosa en el derecho de todos los hombres a jugar los dados de la manera que les viniese en gana, a envidiar la emoción de vivir que experimentaba y a suponer que él, y sólo él, podía vivir de esta forma. Los más prudentes y los más ancianos sabían que aquello no era posible, pero unos lo respetaban por lo gallardo de su tentativa; otros, en cambio, gustaban de su falta de ataduras, de su valor, de su instinto.
«Si muriera mañana», observó Portago en fecha próxima a su fin, «no por ello habré dejado de vivir 28 años maravillosos».
Hasta que llegó la hora en que tuvo que declararse vencido, fue posible creer que un hombre podía vivir de la forma en que él lo hacía, sin temor de sus consecuencias. O, quizá, sería más cierto decir que uno quería creerlo y apostaba fervientemente por Portago en su permanente desafío delas leyes que los dioses han dictado.
Era un tipo gallardo, de más de 1,80 de estatura y osamenta proporcionada, impregnado todo él de una especie de magnetismo animal y de una arrogancia en su porte que no dejaba indiferente a las mujeres. Sus mujeres, las mujeres de Portago, estaban todas ellas consideradas como auténticas bellezas y solían ser cuando menos cinco o más años mayores que él.
Sus compañeros de profesión decían de él que era tenaz y temerario, y se sentían algo temerosos de su presencia en las competiciones porque nadie había deseado, como él, ser campeón del mundo, nadie era más intrépido que Portago y nadie se atrevía a intentar lo que él intentaba en todo momento y ocasión. Había irrumpido en su mundo de manera bien resuelta
y en menos de tres temporadas se había convertido en la personalidad más conocida del ambiente automovilístico, aunque no fuera, ni con mucho, el mejor de los pilotos.
A los ojos de los campeones de bobsleigh aparecía como un fenómeno, a causa de su habilidad para guiar un ingenio de media tonelada sobre las pistas heladas de competición, que le había llevado a dos dedos de arrebatar una medalla en los Juegos Olímpicos de Invierno de 1956; los mismos hombres que se habían burlado de su ineptitud una semana antes.
Su irrupción en este deporte había sido sonado: al perder el control de su ingenio en una curva peligrosa y salir catapultado a 100 kilómetros por hora.
Ante ello Portago tuvo que admitir que sólo se había entrenado dos o tres veces en Suiza, antes de que se decidiera a adquirir un pai de bobs a 1.000 dólares la pieza y reclutara a unos cuantos de sus primos en Madrid e inscribiera un equipo en los Juegos Olímpicos en nombre de España.


Una semana más tarde era lo bastante bueno para obtener un cuarto puesto; lo que no dejó de ser una amarga desilusión para Portago al perder, por diecisiete centésimas de segundo, la única medalla a la que hubiera podido optar España.
Para los periodistas, Portago era una mina de oro. A los 17 años había volado con un aeroplano prestado por debajo de un puente para ganar una apuesta de 500 dólares. Más tarde había llegado a ser considerado como el mejor jinete aficionado de obstáculos del mundo. Más recientemente había escapado ileso de algunos de los accidentes más espectaculares que registra la historia del automovilismo.
Como si Portago no le echara condimento suficiente a su vida, los periodistas llamaron la atención sobre el hecho de que su estilo personal era una especie de tradición familiar. Sus antepasados habían contribuido durante la Reconquista a arrojar a los moros de España y después se habían hecho a la mar para el Nuevo Mundo. Uno de ellos, Núñez Cabeza de Vaca, habiendo naufragado en las costas de Florida en 1528, condujo su pequeña tropa a través de territorios desconocidos hasta alcanzar los establecimientos españoles de Méjico. Una epopeya que tardaron ocho años en consumar.

EI propio padre de Portago había sido un héroe de la Guerra Civil española, que a nado y con una bomba de fabricación casera había echado a pique un submarino de la República.
Portago era cortés con los periodistas y se desenvolvía con desparpajo en cuatro lenguas. Tenía también un porte curiosamente amable y modesto.
La relación de sus hazañas siempre provenía de los demás y nunca de sí mismo, por el contrario, cuando alguien hablaba de ellas parecía sentirse embarazado y poco dispuesto a facilitar detalles.
Semana tras semana arriesgaba su vida. Era una necesidad que trataba de explicar asegurando que en los momentos de peligro todos los nervios de su cuerpo parecían tener vida propia, estar alerta a todas las sensaciones sonoras, visuales y olfativas que le rodeaban.

Pero su pasión por la velocidad era algo más que una búsqueda de la emoción. «Un hombre tiene que encontrar aquello que él pueda hacer bien», insistía. «No solamente bien intrínsecamente, sino en relación a como lo hacen los demás. Y yo puedo conducir tan bien como cualquiera de ellos.»


Predijo que ganaría el campeonato del mundo para cuando cumpliera los treinta; y. entonces, antes de llegar a los treinta y cinco, dejaría de correr.
¿Y después de eso, qué?
«No sé», me respondió nerviosamente, «Siempre hay donde elegir.»
A Portago le interesaba la política y había llegado al extremo de confesar a alguno de sus íntimos que con su nombre, su posición y el título de campeón del mundo podía aspirar a puesto en el gobierno español.
«Lo malo que tiene la vida», observó en cierta ocasión, «es que es demasiado corta; aunque yo, naturalmente, no pienso pasarme el resto de la mía conduciendo coches de carreras».
Llevaba una larga cabellera negra que le montaba por encima de las orejas. Con frecuencia se presentaba en público sin afeitar y con evidentes huellas de haber estado trabajando en el foso durante todo el día.
No era hombre preocupado por la ostentación. Tenía las cejas negras y ojos negros de una profundidad llameante. Fumaba sin descanso y solía vestirse de negro. Para muchos era imagen de un pirata misterioso, un pirata que hablaba inglés con un acento culto y ligeramente britanizado.
No siempre se comportaba con la misma seriedad. En una ocasión le pregunté dónde había conocido a su esposa, una rubia americana.
«Uno no se encuentra con una chica americana», me replicó con una sonrisa. «Es ella la que busca a uno.» Quise también saber qué es lo que pensaba su mujer de su carrera como piloto, y al responderme su sonrisa se hizo más amplia. «No se lo pregunto. Soy español.»
El papel de aristócrata español se le hacía un tanto cómico, pero en ocasiones no desdeñaba la oportunidad de jugar a serlo.

Aquel año, último de su vida, se venía saliendo de la pista con frecuencia. Harry Schell, compañero de profesión e íntimo amigo suyo, le advirtió que se mataría si seguía arriesgándose de aquella manera. Nelson, su coequipier en la carrera en la que ambos se mataron, predijo que Portago no viviría hasta los treinta: «Cada vez que vuelve de una carrera lo hace con el morro aplastado de apartar a otros coches de su camino yendo a 200 por hora.
Pero Portago se veía cada vez más cerca del título de campeón del mundo y hacía caso omiso de tanta advertencia. Pasó un invierno agotador corriendo en la Argentina, Nassau, Cuba y Florida. Finalmente, volvió a Europa.
Se escribieron docenas de artículos sobre su persona. El propio Portago llegó a escribir uno de ellos en el que calificaba las pruebas automovilísticas de un vicio como otro cualquiera. El hombre que lo tenía, ya no podía deshacerse de él.
Los periódicos dieron buena cuenta de su «amistad» con la actriz Linda Christian. Ella había afirmado que Portago se divorciaría y contraería matrimonio con ella. Nadie le dio ningún crédito: había habido otras mujeres antes que ella.
Pasó abril y los primeros días de mayo. Portago no quería tomar parte en las Mil Millas. En primer lugar, porque no le gustaban las carreras largas y, además, porque últimamente venían asaltándole negros presentimientos de los que no podía desembarazarse. Hizo un desmayado intento por eludir su participación, pero la Ferrari reclamó su presencia alegando estar falta de pilotos.
Portago optó por encogerse de hombros y acceder después de dejar escritas varias cartas poniendo en orden su vida. En una de ellas observaba que su «próxima muerte» podía muy bien acontecer el próximo domingo.
Pasó el viernes y el sábado. Los presentimientos de Portago debieron haber ganado en intensidad, puesto que no resistió a la tentación de con fiarlos a varios amigos. Reservó billetes para Montecarlo, donde debía correr el siguiente fin de semana, como si, con los billetes en su bolsillo, se sintiera más seguro de su vida.


Otra vista de la Ferrari 531, Foto by Fede Garcia

A medianoche del 12 de mayo empezaron las Mil Millas, con la salida a intervalos de un minuto de los primeros coches, los más pequeños. Era de madrugada cuando Portago y Nelson llegaron a la línea de salida. En medio de aquella excitación Portago parecía recuperar su presencia de ánimo. Eran 301 vehículos inscritos en la prueba, que en aquellos momentos formaban ya una fila interminable en la ruta hacia Roma. ¿,Por qué él entre tantos tenía que ser el marcado por el destino?
Tenía que conducir un Ferrari de 3'8 litros, con el número 531 pintado a ambos lados de la carrocería. Como su turno se iba aproximando se puso al volante, dio a la llave de contacto para ir calentando el motor mientras Nelson ocupaba su puesto junto a él. El coche que le precedía arrancó y Portago dirigió su Ferrari hacia la rampa de salida. A la señal de partida salió a la carretera cambiando rápidamente de velocidad, sintiendo la potencia de la gran máquina sumisa.
En aquellos instantes, en la misma medida en que la carrera hacía revivir en él viejas emociones, volvió sin duda a creerse inmortal. Se concentró en acelerar, frenar, cambiar de velocidades. La muerte no podría alcanzarle. El era demasiado rápido para ello.
Portago no había completado jamás las Mil Millas y su recorrido le era apenas más familiar que lo que pudiera serlo a cualquier turista que hubiera estudiado su trayectoria en un mapa. Para vencer sería preciso que apurara el margen de seguridad de sus acciones unas décimas más que sus adversarios. Atravesó como una exhalación Verona y Vincenza.
A media mañana el Adriático surgió ante sus ojos como una luz azul resplandeciente. Por ahora estaba llevando bien la carrera; con un poco de suerte aquélla podría ser una carrera ganada a lo gran campeón.

Después del control de Pescara la carrera se iba hacia el oeste en dirección a los Apeninos y Roma. Portago iba muy bien clasificado. Había ya pasado a muchos coches que habían salido antes que él y no ignoraba que estaba haciendo un buen tiempo. Escaló los Apeninos sin dar punto de reposo a su coche. Iba en cuarto lugar, a sólo un minuto y treinta y cinco segundos de Taruffi, probable vencedor.
El camino bajaba hacia Roma y se le ofreció una vista de la ciudad en un amasijo de torres e iglesias, de ruinas monumentales. Portago debió de sentirse tremendamente en armonía con todo lo que le rodeaba. Tenía algo bello y veloz entre las manos y el amor en su punto de destino.

Entre la multitud congregada al paso de la carrera en Roma, Linda Christian le hizo una seña con la mano a su paso. Entonces Portago hizo algo que no parecía propio de él. Detuvo el coche en una crispación de frenos y un remolino de polvo; y cuando Linda llegó a su lado, la atrajo hacia sí y la besó mientras murmuraba algo a su oído.
Pérdida de segundos inapreciables; quizá un minuto habría pasado antes de que el bólido recobrara velocidad. ¿,Por qué se detendría, él precisamente que ansiaba vencer por encima de todas las cosas? ¿Por qué perder unos segundos, que en pasadas ediciones, habían significado la diferencia entre la derrota y la victoria?
Podría haberse tratado de un gesto para la galería, pues Portago siempre fue consciente de su público. O quizás un sexto sentido le había indicado que aquel último beso era demasiado precioso para despreciarlo.
Miss Christian le dijo adiós con la mano hasta que su figura se perdió en el horizonte. Un silencio repentino llenó el aire. A lo largo del camino los tilos estaban en flor. Sus pétalos revoloteaban en su caída. El coche de Portago enfiló al norte hacia Guidizzollo.

Otra vez en terreno montañoso, escaló la fragmentada espina dorsal de 1talia, voló a través de los sinuosos desfiladeros de Futa y Raticosa, hasta que por fin el camino volvió a ser descendente. Corría hacia Bolonia a través de una campiña fértil, faltándole escasamente unos 300 kilómetros para el fin de la carrera y con una parada de avituallamiento prevista para todos los Ferrari. En el punto indicado detuvo el coche y salió de él de un salto. Los mecánicos de la casa se agolparon ante su coche, comprobando el gas, los neumáticos...

«¿,En qué lugar voy?»
«Quinto.»
«¿,A qué diferencia'?»
Se lo dijeron. Sólo unos segundos; y dos de los coches parecían en dificultades. Posiblemente no acabarían. Ya había repostado. Un mecánico, cubierto de sudor y de grasa, salía retorciéndose de debajo de su auto. «Miren esto», gritó, enseñándoles algo.
«El árbol que aguanta la rueda delantera izquierda está roto, y el neumático roza contra el chasis.»
«Toqué una acera», explicó Portago impaciente.
Había cubierto ya más de las tres cuartas partes de la carrera. Había dejado atrás las amenazadoras montañas y apenas le quedaban dos horas al volante para concluir la carrera. Ante él se extendía una llanura tan plana que la vista casi podía divisar desde allí los Alpes.
El neumático aguantaría. Siempre aguantaban. El mismo se había encontrado en este caso muchas veces.
«No tenemos tiempo ahora de arreglarlo», dijo, y volvió a sentarse ante el volante. El tubo de escape retumbó y su Ferrari saltó de nuevo a la carretera.

Y así atravesó el valle bañado de sol. En Parma rebasó al Ferrari averiado de Peter Collins, inmóvil junto a la carretera y se colocó en cuarto lugar. A la altura de Cremona se puso tercero al superar el tiempo de Gendebien. ¿,A qué distancia se hallaba de los restantes? Atravesó Mantua como una tromba, enfilando el tramo en que la carretera se vuelve hacia el norte como si se tratara del codo de un brazo femenino que hace su peinado.
Momentos más tarde cruzó el puente angosto a la entrada de Goito y, en la recta que sigue, pisó el acelerador a fondo. Ante él ya surgían las grises murallas de Guidizzollo, con la meta a menos de cincuenta kilómetros.
Su vida había sido intensa y completa, a los 28 años. Siempre hay quien ante una vida como la suya, escribe que fulano o mengano estaba enamorado de la muerte, pero este tipo de epitafio no es aplicable a Portago. De lo que estaba enamorado Alfonso de Portago era de la vida. «Quizás nosotros apreciamos más la vida porque vivimos más cerca de la muerte», escribió él de los corredores automovilísticos.
A mí siempre me pareció el hombre con más vitalidad que he conocido. Era un hombre sensible, infatigable, curiosamente amable, del que no es posible describir la impresión de vitalidad que su presencia comunicaba, como tampoco la incredulidad con que sus amigos acogieron la noticia de su muerte.



Parecía poseer todo lo que en la vida puede apetecer un hombre: atractivo, apariencia, fortuna y valor. Si él no tenía bastante, ¿quién puede contentarse entonces? La respuesta era obvia: nadie. Portago murió mutilado. La capota del coche lo seccionó en dos mitades.
Al celebrarse su entierro en el panteón familiar de Madrid, hubo duelo en las cinco partes del mundo. Jean Behra, el corredor francés que había de morir también en una carrera, dijo: «Sólo los que permanecen inactivos viven sin riesgo, pero ¿es que acaso no están ya muertos?»
Las Mil Millas murieron con Portago de la misma forma que la París-Madrid muriera con Marcel Renault cincuenta y cuatro primaveras antes.
Otras Mil Millas han vuelto a correrse, pero con la reglamentación de un rally, carente prácticamente de todo interés.
"Las Mil Millas tenían un nombre glorioso y hubiera sido mejor que su nombre se hubiera olvidado hasta el tiempo en que otra carrera como ella surja en alguna parte, como una bengala que se dispara a través de una noche sin estrellas; el tiempo en que los hombres vuelvan a hablar del París-Madrid, de Alfonso de Portago y de las grandes carreras en ruta del pasado".

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